Rishikesh: conocer y habitar sus contradicciones.

El hospedaje que no existía en Google maps ¿Nos había engañado?

Foto de la casa en la que nos hospedamos, tomada después de toda la confusión. Rishikesh, Nov. 2026

En el último blog: (Sobre India) les contaba que habíamos llegado al lugar que nos indicaba el google maps pero no encontrábamos la entrada correcta, dado que eran muchas casas en un mismo terreno. Este malentendido se cocinó desde antes y debo decir que, en parte, contribuí a que se produjera.

Yo era la encargada de gestionar el hospedaje, asumí esa responsabilidad porque mi profe de asanas me había indicado en dónde era el lugar, me había dado precios y una ubicación que había funcionado para ella en las ocasiones en las que había ido a estudiar y vivir, cuando estuvo allí.

Yo contacté a Seema, la persona que nos alquiló las habitaciones, estábamos en comunicación, pero no constante, sólo lo necesario, intercambiamos nuestros nombres e información acerca de la hora de llegada, el número de personas que nos hospedaríamos en la casa, el número de habitaciones que ocuparíamos, el costo y las formas o métodos a través de los cuales pagaríamos nuestro mes de alquiler; para mí no era necesario, en ese momento, recibir instrucciones para entrar al lugar.

Todo parecía claro, no había nada más que saber, desde mi perspectiva y así lo dejé; sólo hasta muy entrada la noche avisé que no llegaríamos a la hora programada inicialmente y que probablemente llegaríamos en la madrugada, Seema, la anfitriona, me indicó que las habitaciones estarían abiertas y que podríamos entrar cuándo llegáramos, sólo que no me envió más detalles sobre marcas distintivas del edificio, alguna foto o mapa del lugar, aunque, tampoco lo solicité.

Fueron muchos los impases antes de llegar al lugar, mi falta de internet durante el viaje (me di cuenta de eso al salir del hotel de Nueva Delhi), el viaje eterno en tren, la llegada en la madrugada, el no tener imágenes del lugar al que íbamos –dado que no vi la necesidad de pedir esa información – y el cansancio después de subir la montaña en la que viviríamos en las siguientes 4 semanas.

Ventana de la habitación en la que viví durante un mes, me gustaba sentarme a escribir mirando hacía fuera por esta ventana. El lugar era acogedor. Noviembre, 2025.

La suma de todos estos factores nos devuelve a la escena. No encontrábamos la casa, pensamos que era un lugar en dónde había un cartel con un número, Natalia, mi compañera de viaje, llamó a aquel número del cartel, discutió con la persona que le contestó porque esta persona no tenía ninguna idea de quién éramos; yo me dispuse a buscar la entrada, ingresé primero a un edificio que tenía la puerta principal abierta, no imaginé que hubiera dos casas que dejaran las puertas abiertas, estaba segura que era el lugar en dónde nos estaban esperando.

Ingresé al edificio, las puertas estaban enumeradas, busqué uno de los números que nos correspondía, abrí la puerta de la habitación, pero ¡La habitación ya estaba ocupada! Por obvias razones las personas en el interior se alertaron, rápidamente se levantaron para cerrar la puerta en mi cara, no puedo imaginar lo que pensaron, pero no debió ser algo agradable. Después de este mal entendido, seguí en la búsqueda, hasta darme cuenta de que no era ese el edificio en dónde estaban nuestras habitaciones.

Pasillo con flores, Rishikesh, noviembre-diciembre 2025.

En tanto me percataba de eso, una de las responsables del edificio salió a preguntar qué estaba pasando, le indiqué que estaba buscando la casa de Seema, que habíamos acordado el alquiler de dos habitaciones, ella me dijo que era la casa del frente, me disculpé y por fin pude encontrar las habitaciones que nos correspondían.

Me sentía tan culpable, “Yo hubiera podido gestionar mejor la llegada”, pensé; después me invadió la rabia por la situación y el desencuentro que había sucedido entre mi compañera de viaje, Natalia y yo, después de toda esa confusión, en alguna medida me sentía juzgaba por ella, sin embargo, amigues, muchas veces son nuestros pensamientos corriendo mucho más rápido que la realidad.

Laura y el espejo del cuarto. Rishikesh, noviembre 2025

Tomé nuestras maletas, dejé una de ellas en la entrada de su cuarto, subí al mío y sólo quería desconectarme. Al entrar en la habitación, sentí el frio, el polvo y la alergia se apoderó de mí gracias a mi rinitis; la habitación era, en definitiva, muy austera; puse mis maletas en cualquier lugar de la habitación, no estaba en disposición de acomodar nada, tenía mucho frío, me cambié la ropa, traté de abrigarme, pero al recostarme en la cama percibí que el frío era más intenso de lo que había imaginado, como pude me hice una pijama más abrigadora, tomé de mi equipaje toda la ropa que podría protegerme de ese frio descomunal y traté de descansar.

De repente, en aquella cama menos suave que mi cama en Colombia, luchando con el frío y con algunos pensamientos de malestar por la situación que habíamos acabado de vivir, acudió a mi uno de los pensamientos que me salva en situaciones así: “Esta es mi aventura, la vida que estoy decidiendo vivir, estoy aprendiendo y nada es tan grave” sonreí, sabía que ya había llegado al lugar al que planeé llegar por dos años y ya tendría dónde dormir.

Conocer Rishikesh y sus vicisitudes.

Mujeres al lado del Río Ganges, haciendo su purificación del día. Rishikesh, Noviembre de 2025

Ese mismo día, más tarde, iríamos a recorrer la ciudad. Natalia, mi compañera de viaje, se había ofrecido a guiar nuestra expedición, dado que días antes había recorrido algunos lugares de esta ciudad en un tour guiado por la maestra de asanas y filosofía, Kamya (tengan presente este nombre, porque este personaje aparecerá más adelante).

Calle en Rishikesh, Noviembre 2025.

La misión de la salida consistía en que yo conociera los caminos principales de la ciudad, las zonas de mercado, los restaurantes para comer sin tanto picante, lugares para cambiar dinero, escenarios importantes de la ciudad en un sentido espiritual y claro, conocer el Ganges, el Río sagrado que atraviesa la ciudad. Sin embargo, mi energía no estaba al tope, quería quietud, mi noche no había sido la mejor y no estaba con deseos de hacer muchas cosas, usualmente cuando los viajes son así de pesados, mi cuerpo necesita máximo un día para descansar y reponerse, pero debíamos comer y gestionar las cosas monetarias para pagar las habitaciones, así que salimos.

Vaquita a la salida del primer restaurante que visité en Rishikesh. Noviembre, 2025.

Los caminos que recorrimos, inicialmente me tomaron por sorpresa, pasamos por una calle en dónde había mucha basura y hasta ratoncitos muertos, los lugares por los que transitamos después estaban llenos de personas y había mucho movimiento y ruidos, esto me sacó totalmente de la zona segura que había estado intentando construir después de la llegada caótica y se convirtió en la base de una conversación que más adelante tuvimos con Natalia, porque, otra de las cosas que aprendí en este viaje fue a conversar sobre las cosas difíciles de procesar en un contexto de convivencia y tuve mi primer acercamiento al incipiente principio de permanecer, ante lo impermanente, con las personas que ya te han mostrado bondad, incluso, en sus momentos menos luminosos.  

Al salir de los atajos, llegamos a una calle muy concurrida, una calle principal de la cual no recuerdo el nombre, pero en ella hay Ashrams, tiendas de ropa, casas de cambio de dinero, venta de oro, venta de imágenes o murtis, mujeres y niños vendiendo flores para ofrendar, vaquitas y bastante de su materia fecal, perritos y muchas personas acercándose al Ganges para bañarse en sus aguas, para recibir sus bendiciones, para purificarse.

En medio de toda esta actividad, decidí parar, no me sentía bien, era mucha información, toda al mismo tiempo, hacía mucho sol y yo no me sentía en disposición de caminar, de subir y bajar calles, para escuchar tantas personas y respirar tantos olores, yo estaba apenas llegando y todo se estaba sintiendo muy intenso.

Vaquita dos, lamiéndome al lado del Ganges. Rishikesh 2025.

Me detuve a ver el Río, hablé con él, le pedí permiso para habitar su tierra y para ver con más claridad mi paso por esta ciudad. Tuve la visita de una amiga vaca, vi palomas, personas bañándose, el sol, los puentes que nos conectaban con el otro lado de la ciudad, me sentí acogida y lista para volver a casa a descansar, no había prisa “este era mi viaje, esta era mi aventura”. Dejé la orilla del Ganges y volví a casa.

Durante el mes que estuve en Rishikesh, conocí muchos lugares que le componen; las calles que combinan las construcciones tradicionales, hechas por las/os mismos habitantes sin un claro plan institucional y las construcciones más recientes de grandes hoteles y restaurantes, barrios residenciales (especialmente en el barrio de Tapoban) que dan cuenta de otro tipo de población usuaria de esas construcciones.

Rishikesh, Noviembre 2025.

Rishikesh, en palabras de algunas personas que le han visitado más veces y con las que estudié, ha cambiado mucho, se ha tornado una ciudad turística, en dónde lo sagrado también se ha hecho parte del atractivo turístico; la práctica de deportes extremos, las fiestas de electrónica y los restaurantes de cadena como Burger King ya hacen parte del panorama.

Renunciante atravesando el puente Ram Jhula. Rishikesh, noviembre 2025.

No en tanto, la existencia de un comercio menos occidentalizado, de cafés, restaurantes, hospedajes más acordes a la tradición del lugar, con más austeridad y preparaciones  locales, aún permanece; los mercados locales en los barrios menos turísticos, la dinámica de los obreros y obreras que madrugan a trabajar, la realidad de los renunciantes que recorren la ciudad, que viven en ella o están de paso y duermen en espacio público; la vida de los animales en esta ciudad, que no siempre son tratados con gentileza, también nos muestra otra cara de la misma.

Forma de limpiar las calles y el desagüe en Chandreshwar Nagar, el barrio en dónde está el Ashram donde tomé mis clases de asanas y pranayama. Rishikesh, noviembre, 2025.

Una ciudad con un diálogo constante entre aquello que se ha denominado Occidente y la India, Rishikesh, en este caso. Debo decir que, aunque me sentí avasallada por la ciudad que vi el primer día que la recorrí, yo entré en mayor conexión con esta India que ha sido, en muchos sentidos, precarizada; conecté más con la realidad de personas que sostienen (y se sostienen) del turismo y no son turistas, que atiende a las personas que practicamos yoga, pero que no pueden practicarlo con tanta dedicación, porque para eso se necesita tiempo y el tiempo es un lujo del que muchos cuerpos no pueden disfrutar aún hoy.

Familia de monos camino a la cascada Patna. Rishikesh, noviembre 2025.

Me sentía más conectada con este lado del panorama, no porque viviera en las mismas condiciones, sino porque pude ver similitudes con muchas realidades colombianas de las que he sido parte directa o indirectamente; condiciones materiales de las que he podido ser testigo, aunque sean ajenas, con las que me solidarizo y empatizo; realidades que entiendo más, a las cuales puedo cuestionar y apreciar, por todas las historias que la componen y sus respectivas contradicciones, como en una suerte de paradoja.

Conocer y conectar no sólo implicó ver la realidad humana más urbana, también fue contemplar el Río sagrado, la montaña y disfrutar de las fuentes de agua, la vida más silvestre, la vegetación y sus sonidos. Fue habitar los atardeceres y las meditaciones que los componían, escuchar los mantras resonando por el aire que atravesaba el Ganges.

Camino al puente Janki para ir a al Ashram donde tomaba clases. Rishikesh, Noviembre 2025.

De la ciudad y la naturaleza brotaban sonidos que siempre resonaban, se expandían y atravesaban mi cuerpo, mente y corazón. Parecía que cada recorrido que yo realizaba en la ciudad estaba atravesado por el sonido; siempre el sonido del Ganges, de las vacas, de los pájaros, de los monos, los mantras, el sonido de los matrimonios, de las danzas Indias, los sonidos de los Kirtans, de las bocinas de los carros y las motos, suele haber muchas motos circulando por todas partes, pitando, andando a grandes velocidades por espacios súper angostos, de hecho una de esas motos me atropelló y su conductor siguió su camino sin detenerse a preguntarme si estaba bien o no, ese fue un día horrible, desestime por un día el hecho de estar en esta ciudad y me pregunté de nuevo ¿Será que esta ciudad no me quiere aquí? Por suerte no pasó de moretones y una anécdota. En fin, siempre el sonido, como si todo naciera y muriera en él.

Caminar es de mis actividades favoritas, aunque arriesgado y a veces caótico, buscaba las áreas en dónde menos “barullo” hubiera, me levantaba muy temprano en la mañana y caminaba hacía mis clases; a veces cuando estaba muy cansada, caminaba hasta el otro lado de la ciudad y tomaba una Riksha (un carrito pequeño que hace las veces de transporte público). En el camino, tomaba fotos, me gustaba mucho hacer esto, escuchar la sutileza de la mañana, del Ganges, de las personas. Caminar me daba tranquilidad y lo hacía sola, preferiblemente, porque disfruto caminar a solas.

Foto desde el puente Janki Jhula. Descubrí hablando con unos compañeros que tomaban clases conmigo, con nosotras, que debajo de este puente, a un costado, quemaban personas que ya habían fallecido, dado que se comprende popularmente que quién muera cerca al Ganges y sea cremado allí, automáticamente tendrá la liberación de este ciclo de nacer y morir “Samsara”
En carretera, camino a la cascada Patna. Ganges, Rishikesh, Noviembre, 2025. Era impresionante ver el cielo, las montañas y el color verde marino de este maravilloso Río.
Montañas camino a la cascada Patna. Rishikesh, Noviembre 2025.
Pequeña fuentecita para bañarse en la cascada, no subimos más porque ya habíamos recorrido un buen tramo de subida y no vimos una caída más grande. Fue increíble estar allí.

En el próximo blog, comenzaré a contarles mi experiencia de aprendizaje, aquello por lo que fui a Rishikesh y por lo que aún sigo con la convicción de seguir en este camino de trabajo con āsanas y prāṇāyāmas, en dónde el aprendizaje continuo de recibir y dar del conocimiento que el mundo nos regala, es el principio base. 

Gracias por llegar hasta aquí. 

Laura M. Quimbay

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