Sobre India: de la fantasía del caos a la aceptación de cada presente que habitamos. 

"Viajé a la India buscando a la maestra de mi maestra de yoga. Esta es la crónica de una noche en tren y el instante en que el Ganges me recibió en Rishikesh."

Después de mi viaje a la India, realizado durante los meses de noviembre y diciembre del 2025, las personas preguntan ¿Por qué fuiste a India? ¿A qué fuiste a India? o ¿Qué hiciste en India? Siento que responder estas preguntas necesitan un poco más de contextualización acerca de las fuerzas que me habitan, que no he elegido racionalmente y que al tiempo que me potencian tienen la capacidad de disminuirme sin ningún reparo. 

Aire y éter, sostienen, mayoritariamente la fuerza que me moviliza en el mundo, sumándole a esto un fuego intenso que a veces se me sale de control y las amainadas agua y tierra que, aunque las mantengo presente, siempre me cuesta un poco más nutrirlas y darle un lugar, dado que de esto depende mucho el equilibrio de mi mente, cuerpo y espíritu.  

Antecedentes.

A lo largo de mi vida me ha atravesado un deseo incontrolable de movimiento y de exploración, tanto que en mi infancia no faltaron problemas dado que con 2 años trepaba ventanas con la intención de salir volando por ellas, o con 6 / 7 años escalaba estructuras o me introducía por recovecos en parques, colegios, casas de campo, etc., sin autorización o vigilancia de les adultes, vaya que generaba inconvenientes para ellas/os. 

Mi mente y mi cuerpo siempre han precisado del movimiento para no sentirse sofocados, la angustia de perder la libertad a veces lidera más mis acciones que la necesidad de enraizarme y esto fue algo en lo que India me ayudó a reconciliarme: mis raíces están en la acción de moverme y adaptarme.

Hábito como una Epífita, mi relación con la tierra es posible gracias a los árboles (territorios, personas, grupos, comunidades) que me sostienen, con los que tejo relaciones de interdependencia ya sean estas de aprendizaje, de enseñanza, de cuidado, de escucha, de conflicto, de placer, etc., pero también de separación e individuación. Sólo reconociendo esta forma de interactuar puedo nutrirme, participar activamente de las dinámicas vitales que me rodean, reconocer mis límites, mi necesidad de independencia y la inevitable vulnerabilidad que me conecta con todo.

Hecha esta claridad, podré comenzar a hablar de India. Viaje al norte de este país con el deseo de encontrar a la maestra de mi maestra en Āsanas, con la intención de aprender todo lo que fuera posible y de seguir cultivando en mi vida la práctica que viene enamorándome desde el 2023: Yoga. 

El viaje en tren 

El viaje comenzó en New Delhi, una ciudad supremamente caótica en la que estuve sólo una noche, el recorrido intenso y extremadamente largo vino al día siguiente. Viajábamos con mi compañera de ruta, Natalia, desde New Delhi hasta Rishikesh en tren. Más de 11 horas en un tren que iba a paso de tortuga, pero seguro, nos dio media noche en el famoso tren y con los traumas de mujer latinoamericana no pude descansar pensando en que alguien podría entrar por la puerta del camarote a hacernos algo, una noche extremadamente larga. Me enteré después de que había un tren más rápido y en el que los camarotes no eran la prioridad. 

Percibí, en este recorrido, muchas cosas que no había imaginado de mí, había un temor constante por ser atacada, como si el zumbido de algún prejuicio se acercara a mi oído e insinuara que si me acostaba a descansar algo malo pasaría. 

Esta Laura temerosa, casi nunca aparece, esta Laura estaba adaptándose a la extrañeza de que un tren que se pretendía llegara a las 7 u 8 horas después de salir de Delhi, llevara 10 y ninguna persona cercana diera razón. 

El tren

Al principio no podía de la emoción, montar en tren en India, en ¡India! Cada momento del camino era una gran aventura, tomar el taxi que nos llevó a la estación, esperar el tren, ir al baño público, practicar el inglés que he aprendido en los últimos años, confundirme/nos acerca del vagón que debía/mos tomar, encartarme con la maleta de ruedas, subestimar el frío que podría experimentarse en el viaje, sobreestimar mi capacidad de mantenerme calma en medio de la incertidumbre y la incomodidad. 

Al principio yo no podía de la emoción y al final, aunque agotada y un poco chocada por la descarga de adrenalina que me proporcionaron algunas situaciones, todo valió cada segundo de mi tiempo y mi energía.

Llegada a Rishikesh 

Por fin llegamos a Rishikesh, más o menos sobre la 1 de la mañana, la energía entre mi compañera de viaje y yo no era la mejor, estábamos cansadas, yo reclamaba el hecho de no haber sido informada con claridad acerca de las horas de viaje (ahora mientras les cuento la anécdota me da gracia y río, pero en el momento no) y me preguntaba si aquella odisea terminaría pronto con el carro que vendría a recogernos. 

Al salir de la estación, muchas personas (especialmente cuerpos sexualizados como hombres) se acercaban a nosotras ofreciendo su servicio de transporte, yo no entendía nada, hablaban tan rápido, todo parecía muy acelerado, observé y escuché a Natalia, ella fue clara: no era necesario ponerle atención a este mundo de personas porque nuestro carro ya estaba en camino, así que, obedecí. 

El carro llegó, era más antiguo de lo que pensé y nos dejaría más lejos del hospedaje de lo que yo hubiera podido imaginar. El carro que tomamos, tardo de 20 a 30 minutos para llevarnos hacía el puente Ram Jhula, uno de los puentes que conecta los dos lados de la ciudad divididos por el río Sagrado Ganges, este puente es peatonal y muy largo, el taxista nos dejó a un lado del río y debimos cruzar caminando, yo iba demasiado cargada para este viaje, así que aprendí que no es necesario tanto y recomiendo que vayan lo más livianas/os posible.

Rishikesh, Uttarakhand, India Estatua de Shiva a orillas del Río Ganges, en frente del ashram Parmarth Niketan.

Sentí El Ganges mientras cruzaba el puente, un río con la fuerza de un mar abierto, así lo sentía. Le escuchaba tan imponente, recibía el viento que le atravesaba y me atravesaba la ropa y los huesos, sentía como el puente se movía ante esta increíble presencia que es el río. Muchas personas jóvenes estaban allí sentadas, abrigadas y observando el río y nosotras, pasando con nuestras maletas.

El río con fuerza de mar, en ese momento, me recibió bien, me sentía acogida por ese instante, por ese río, por esos sonidos, al tiempo que me sentía desubicada, un poco torpe la verdad ¿Por qué insistí en traer tantas cosas? Pensé. 

Al finalizar el puente, descubrí que el camino de subida al hospedaje todavía no había comenzado y eso fue un poco desalentador y al mismo tiempo gracioso ¿Quién diría que la llegada sería tan caótica y requeriría tanto esfuerzo? Otro pensamiento se posó brevemente en mi cabeza ¿Será que esta ciudad no me quiere aquí? Esta no fue la única vez que este pensamiento me visitó.

Rishikesh, Uttarakhand, India atardecer desde el Ram Jhula13 de noviembre de 2025

¿El hospedaje que no existía? 

Llegar al hospedaje no se resolvió subiendo un camino empinado, las calles parecían una especie de laberinto, puede asemejarse a algunas comunas de Medellín o favelas de Río de Janeiro, eran angostas y las casas compartían entradas. El lugar en dónde nos hospedaríamos no tenía una ubicación clara en Google maps, técnicamente estábamos en dónde debíamos estar, pero en términos prácticos no lo era, había desesperación en el ambiente y muchos más sentimientos poco positivos ¿Habíamos sido engañadas? ¿No tendríamos lugar para dormir esa madrugada? Gran historia que contar, pero será en el próximo blog. 

Gracias por llegar hasta aquí, hasta la próxima.  

Laura M. Quimbay